Está en toda su Majestad. Aún no le han tocado ni un solo pelo. Su blanca ropa parece anticipar la Gloria del Resucitado. Ahora acaba de contestarles afirmativamente a la pregunta de  si era Rey. 

El Divino Cautivo te mira, serio, a los ojos. Parece preguntarte,  como lo había hecho a sus discípulos:

" Y vosotros, ¿ quién decís que soy Yo ? "

 

 

La mirada serena y de frente. 
Seria pero acogedora.
Los ojos claros.
a nariz semítica.

La expresión de El Divino Cautivo infunde tanta confianza como respeto. Es el Cristo cercano, el Cristo Hombre que sabe lo que está a punto de comenzar para Él pero que aún así se dispone a inmolarse por los demás hombres, sus hermanos.

 

 
 

Brazos musculosos,  de hombre acostumbrado a trabajar.
Brazos fuertes de carpintero que caen maniatados a lo largo del cuerpo.
Falta ya poco para que se abran en la Cruz en el abrazo más Universal de todos los tiempos. El abrazo de Dios a todos los hombres.

 

 

Maniatado.
Cautivo. 
Las manos sujetas con cuerdas. 
Como las de los malhechores. 

Y lo que más les indigna es que Él continúe tranquilo.
Y que les mire a los ojos,  como leyéndoles por dentro.  

Divino Cautivo.
 

 

Los píes que anduvieron los caminos de Tierra Santa ya están próximos a ser atravesados por los clavos.
De momento aún Le sostienen fuertemente sobre el suelo. 
Uno de ellos, el derecho, está ligeramente adelantado respecto al otro, como si El Divino Cautivo quisiera acercarse un poco más a quien Le contempla.

 

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FOTOS © Víctor Manuel Sastre